
– Deb…
Pero Deb se marchó, rápida como un rayo. Cuando se cerró la puerta, el vestíbulo se quedó muy silencioso, y Laura se encontró mirando los montones de bolsas y parafernalia que había dejado. No podía asimilarlo todo. Su hermana había sido denigrada. Tenía tanto miedo de ese cerdo con el que se había casado que estaba huyendo y escondiéndose. Laura intentó absorber la información, creerla, pero le parecía una pesadilla.
Eso no podía estar sucediendo. Las mujeres Stanley nunca habían tenido vidas melodramáticas. Deb era preciosa, dulce, generosa y amable con todo el mundo. Nadie podía hacerle daño. Laura se pasó una mano temblorosa por el pelo, dándose cuenta de repente de todo lo que no le había preguntado. No tenía modo de ponerse en contacto con Deb ni forma de saber dónde estaba o si tenía bastante dinero.
– ¿Laura?
Levantó la cabeza, atontada, y vio a Will con un vaso en la mano.
– He calentado un poco de coñac. Sé que no te gusta, pero quiero que bebas un poco.
Ella lo hizo. Le quemó la garganta, pero no le ayudó.
– Will… no he podido detenerla.
– Lo sé. Nadie podría haberlo hecho.
– Pero estaba asustada.
– Lo he visto.
– No sabía que Roger fuera tan cerdo. Pero imaginé que algo iba mal. Cuando hablábamos por teléfono no parecía la misma. ¡Debí haber hecho algo!
– Sabes que no hay modo de ayudar a alguien que no quiere admitir un problema.
Laura gesticuló violentamente.
– Voy a matarlo con mis manos. Si ese asqueroso aparece… No puedo soportar no saber dónde va Deb o si está a salvo.
– Ya nos enteraremos -le dijo Will con voz reconfortante-. En esto no vas a discutir conmigo de dinero, ¿verdad? Porque podemos hacer muchas cosas por tu hermana. Podemos intentar averiguar qué ayuda legal ha recibido hasta ahora y localizar al hombre. Si ella está viajando con tarjetas de crédito, podemos usar un detective privado para encontrarla y también hay muchas formas de protegerla. Formas legales y financieras, igual que contratar a una agencia de seguridad.
