
Ella lo miró a los ojos. En algún momento durante el ciclón, Will también intentó hablar con su hermana, pero se quedó callado. Quizás intuyó que su hermana no podría escuchar a un extraño en ese momento, y menos a un hombre. Era típico de Will no haberse entrometido, pero no se había perdido detalle. No era el tipo de hombre que le daba la espalda a los problemas, sino que adoraba los problemas y los retos.
– Deja que lo haga, Laura. No quiero oírte hablar de orgullo y de dinero con un problema así.
– No lo oirás. Esto es para mi hermana, no para mí. Oh, Will, ¿no podemos contratar a una docena de matones?
– No se me había ocurrido… matones. ¿Qué tal si bebes un poco más de coñac? Sé que es difícil pensar cuándo estás tan disgustada, pero si intentas calmarte un poco…
– No quiero calmarme. No quiero pensar con lógica. Quiero matones. Necesitamos una docena o dos. Para que ese cerdo no pueda encontrarla a ella ni al bebé…
El bebé. Se había olvidado completamente de él. Laura abrió mucho los ojos, y entonces le dio a Will el vaso y se fue corriendo al salón.
Archibald Merle Gerard Thompson estaba echado en el suelo junto al árbol de navidad.
Aunque tenía el corazón acelerado, Laura se arrodilló despacio, sintiéndose de pronto llena de satisfacción.
Era un nombre muy grande para un niñito tan pequeño. Deb siempre había tenido un extraño sentido del humor, pero el humor no tenía nada que ver con su extraña elección de nombres. Laura sabía que Deb había querido darle al bebé una sensación de raíces, así que había buscado un montón de nombres de abuelos y los había unido.
Pero el bebé no parecía un Archie. No se parecía a nadie de la familia… ni a nadie del universo. Era él mismo. Su pequeña carita estaba roja de miedo, pero había dejado de llorar y parecía hipnotizado con las luces de colores del árbol.
