
Laura sonrió al joven de rostro agradable.
– ¿Sabe que no ofrecemos lo mismo que estaba ganando en Chicago?
– Lo entiendo. Pero no nos costará tanto vivir en una ciudad más pequeña. Y necesito el trabajo.
Laura sabía que él necesitaba el trabajo. El pobre estaba sudando tanto que apenas se le mantenían las gafas en su sitio. Su buena voluntad era obviamente sincera, pero en Creighton había mucho trabajo en el despacho del interventor. Laura no estaba segura de que el señor Redling aguantara mucho con el salario que ella podía ofrecerle. Juzgar la personalidad era parte del trabajo de Laura como directora de personal. Se suponía que se le daba bien.
– Señor Redling…
Él esperó a que ella siguiera, pero a Laura se le había olvidado lo que iba a decir. Dio unas palmaditas a Archie, que estaba empezando a protestar, y se levantó de la silla para poder caminar con el bebé en brazos.
Por desgracia, su diminuto despacho sólo permitía dar seis pasos de un lado a otro. El señor Redling se apartó para que ella pudiera tener sitio, pero sinceramente, la presencia de un bebé en su entrevista de trabajo pareció desconcertarlo. El teléfono sonó, más o menos la décima interrupción en la hora anterior, y entonces la cabeza de June asomó por la puerta.
– No olvides que tienes esa reunión dentro de diez minutos.
– Gracias, June. Lo sé.
Otra mentira. Se había olvidado por completo de esa reunión. Se había olvidado de lo que pensaba preguntarle al señor Redling, y si la presionaban, no estaba segura de recordar su propio nombre. En la última semana había descubierto que la oficina no era lugar para un bebé. Y además, a su jefe James Simaker se le estaba agotando la paciencia.
Y el señor Redling seguía ahí sentado con esa expresión esperanzada, y ella tenía la mente en blanco.
Se cambió el bebé al otro hombro y le ofreció una mano al señor Redling.
