– Terrible. Falló la electricidad en medio de un experimento. Dos empleados se pusieron malos y el teléfono sonaba cada vez que yo me sentaba para concentrarme en algo serio.

– Te diría que lo lamento -le dio un tirón de la corbata-, pero sé perfectamente que son tus días favoritos.

– ¿Cómo es que ya no puedo engañarte? -le acarició el cuello-. Eh, ¿qué es eso?

– ¿El qué?

– Ese músculo tenso en tu cuello. Es como si tuvieras alambres dentro.

Will le quitó la copa y la puso en la mesita.

– Estoy bien, de verdad.

– Vuélvete e inclina la cabeza.

– Will, estoy bien de verdad, y aquí no hay sitio para…

– Claro que sí.

Rápidamente, la tuvo sentada entre sus piernas con la cabeza apoyada en sus rodillas.

Laura debió imaginar que tenía los músculos agarrotados por la tensión de la semana anterior. Pero no sabía lo cansada que estaba… hasta que sus manos le empezaron a dar masajes.

El bebé se había quedado dormido. El interior cálido y las ventanas oscuras no permitían ver el paisaje invernal y gris. Laura empezó a sentir los huesos líquidos.

Nunca entendió cómo conseguía Will hacerle sentir que los dos formaban un mundo juntos. Pero se sentía a salvo con él.

A Laura se le cerraron los párpados. La presión y la tensión del día fueron desapareciendo. Will siguió acariciándole los hombros y luego bajó despacio por la espalda.

Eso era exactamente lo que les había faltado esa semana pasada. No era el masaje en la espalda lo importante, sino estar juntos. Todo había sido muy confuso y caótico los días anteriores. Necesitaba hablar con Will, comprobar cuáles eran sus sentimientos ante los cambios repentinos en sus vidas. Sabía que ese tipo de comunicación con Will era peligroso, porque tendía a ocultar sus sentimientos.

Quería hablar con él. Necesitaba hablar con él.

Pero no había dormido bien ni una noche desde hacía una semana. Suspiró. Sentía que se hundía suavemente. Había mucha sensualidad en las manos de Will, mucha ternura…



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