
El dinero no era tan importante para Will como él creía. Pero cuando se empeñaba en gastarlo, no podía detenerlo ni una avalancha.
– ¿Te gusta el cochecito para el niño?
Will le quitó todo lo que llevaba en los brazos, excepto a Archie.
– Creo que estás loco.
– Dentro hay una cena de sopa de cangrejo. Y champán. Y música de Tchaikovski. Todo eso ha sido fácil… -Will abrió la puerta y la hizo entrar-. Conseguir una mini cuna para el enano fue más complicado.
Laura vio la cunita y los cinco tipos de chupetes, de todos los colores. Y la botella de champán recién abierta en un cubo de plata con hielo. El interior del coche ya estaba caliente. Will le hizo quitarse el abrigo y los zapatos y relajarse.
Una vez ataron a Archie en su sillita, ella se quitó el abrigo y se hundió en el suave asiento de piel, aunque relajarse fue un poco más difícil. Nadie la había mimado tanto como Will. Ella nunca había tenido semejantes lujos, y tendría que ser tonta para que no le gustaran esos mimos. Le encantaban.
– ¿Le has hecho pasar un mal día, amigo? -le preguntó Will a Archie, que se echó una pompa de saliva en respuesta-. Sí, eso imaginé.
Laura sonrió.
– Ha sido bueno.
Él la miró escéptico.
– No te creo, pero gracias a Dios le gusta el movimiento. Quizás nos deje cenar tranquilos -sirvió dos copas de champán, se sentó a su lado y el conductor arrancó-. Sólo tenemos un par de horas. Sé que tienes que volver para entrevistar a las niñeras. Pero me pareció un buen día para escapar de todo durante un rato.
– ¿Tuviste un día duro en el laboratorio?
