– Aquí tienes un signo de culpabilidad muy marcado. No te lo puedes sacar de la cabeza, ¿verdad? Piensas que debiste hacer algo para sacar a tu hermana de esa situación.

Laura no se apartó de su mano.

– Me preocupa que puedas leer mi mente, Montana.

– A mí me gustaría poder hacerlo más a menudo… No sé qué fue mal con tu hermana. Y no tengo respuestas para decirte qué vio en ese hombre. Pero sé que cuando tuvo que pedir ayuda apareció en tu puerta. Ella confía en ti. Sabía que estarías aquí para ella. Sus acciones deberían decirte algo sobre la fuerza de la relación que tenéis las dos. Si no acudió antes a ti no fue por tu culpa.

Laura pareció necesitar tiempo para pensar en eso. Tardó un rato, pero su ceño desapareció gradualmente. Y entonces fue ella la que empezó a acariciarle la mejilla.

– ¿Montana?

– ¿Qué?

– ¿Cómo consigues continuamente que me sienta mejor?

– ¿Lo hago?

– Sí. Y otra cosa, no sé por qué no me has matado durante los últimos días. Alguna gente podría protestar ante un asesinato, pero yo lo habría entendido. Mi familia siempre huye cuando estoy enferma. Todo el mundo sabe que me vuelvo gruñona y excéntrica.

– Tienes mucha razón. Ha sido tan divertido vivir contigo como con un monstruo de dos cabezas.

Laura sonrió y lo besó.

– Quítate la sudadera, Montana.

– No estoy seguro de que estés lista. Anoche tenías fiebre y…

– ¿Quieres que te la arranque yo?

Ante tal amenaza, Will obedeció. Cuando la sudadera cayó al suelo, él la ayudó a participar en el repentino ataque de su propio cuerpo. Luego le quitó a ella las mallas y la sudadera, ayudándola por si aún estaba demasiado débil.

– Esto no está funcionando -dijo Laura.

– ¿No?

Los dos estaban desnudos. Para él iba de maravilla.

– Ésta es mi seducción, Montana, no la tuya. Ahora sujétate al cabecero y no te sueltes.

– Piedad…



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