De pronto dejó de silbar, su sonrisa se desvaneció y se quedó muy serio y pensativo.

El salón sólo estaba iluminado por una lámpara de tono azulado y suave. Esa luz pastel caía sobre Laura mientras le daba al bebé el biberón.

Después de haber hecho el amor, Will se ocupó del bebé para que ella pudiera darse una ducha rápida. Laura se había puesto un albornoz color marfil, pero sus pies seguían desnudos. Los dedos de los pies se movían a la vez que la mecedora de madera. Tenía el pelo seco y alborotado alrededor de la cara, y los brazos sujetando al bebé.

Will se frotó la nuca. Los dos parecían un cuadro. Durante un segundo, en su mente apareció la imagen de un bebé diferente. El suyo y el de Laura. Su bebé.

Considerando todo el tiempo que Will había tenido un miedo estúpido a los bebés, no sabía por qué esa imagen permanecía en su cabeza, cálida y atrayente. Pero su sonrisa desapareció y fue reemplazada por cierto malestar.

Archie no era su bebé, y no tenía nada que ver con las dudas enterradas en la cabeza de Will sobre el futuro de su relación con Laura. En ese momento tenía una excelente excusa para volver a enterrar esas dudas y preguntas. No era el momento apropiado.

Laura tenía un grave problema.

Estaba sujetando al bebé como si fuera suyo. Will había visto esa mirada antes, había visto lo mucho que se había entregado y aficionado al niño. Nunca le había dicho nada porque no sabía cuál era el modo natural de una mujer cariñosa de responder a un bebé. Pero en ese momento recordaba la ansiedad después de la llamada telefónica de su hermana, la mirada triste en sus ojos, el modo en que se retorció los dedos…

Laura levantó la cabeza, lo vio y sonrió.

– Casi he terminado. El pequeñín tenía mucha hambre.

– Ya lo veo.

Will miró a la cocina, soltó una palabrota y corrió al fuego para apagar las judías. Pero volvió de nuevo a la puerta para hablar con Laura.



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