
De pronto, empezó a gruñirle el estómago. Oh, otra vez no.
Había echado las galletas después del desayuno y el almuerzo. Normalmente él tenía un estómago de hierro que no le daba problemas. Pero había una razón por la que tenía problemas reteniendo la comida.
Había pillado la gripe de Laura.
No tenía nada que ver con la ansiedad de haberla perdido a ella.
Pero esa vez, dejó de dolerle y se le asentó el estómago. Estaba bien de nuevo. Su gripe le había durado menos que la de Laura.
Encontraría otra mujer.
Sería rubia o pelirroja, pero nada de morenas. Tendría ojos verdes o azules, cualquier cosa que no fuera ese dulce color chocolate. Sería algo codiciosa, para que él pudiera mimarla cuando quisiera. Le gustarían las joyas y no las sudaderas de Mickey Mouse. Y tendría cerebro para no presionar a un hombre.
Se hundió más en su sillón y cerró los ojos, decidido a imaginarse a esa mujer.
Esperó, pero no vio nada. Sólo apareció ella. Llevaba calcetines grandes, y esas mallas ceñidas que le marcaban el trasero, y tenía el pelo castaño hecho una maraña de suaves rizos. Su boca tenía una de esas sonrisas que le volvían loco. En esa imagen mental, tenía el corazón en la mirada, justo como cuando la dejó… y Will sabía que él tenía razón en que ella se estaba uniendo demasiado al bebé, pero las vacas volarían antes de que Laura lo escuchara.
La amaba.
Ella siempre tendría sus momentos irracionales. Siempre habría veces en que no lo escucharía…
Era espantoso darse cuenta de que conocía sus defectos. Pero también los amaba.
No le serviría de nada encontrar a otra. Laura era la que le corroía las entrañas, clavada como una aguja a su corazón. La echaba tanto de menos que sentía como si le hubieran arrancado un trozo del alma. Y nada hacia que desapareciera esa horrible sensación de vacío.
