
Laura había medio esperado que las puertas del laboratorio estuvieran cerradas, pero entró sin problema. Su estómago revuelto sí le estaba causando algunos. Llegó al oscuro vestíbulo con una mano en la tripa, temiendo vomitar en cualquier momento.
El coche de Will estaba en el aparcamiento. La luz solitaria de su despacho brillaba en la noche nevada. Así que estaba ahí. Y como no había respondido al teléfono en su casa durante dos días, Laura imaginó que el mejor modo de encontrarlo sería ir allí.
Quería encontrarlo.
La señora Apple se quedaría a pasar la noche con Archie, así que Laura no tenía que preocuparse de la hora. Dejó su abrigo en una silla en el vestíbulo, respiró profundamente, se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y avanzó.
Había una luz de seguridad encendida en todas partes, así que podía ver. Los pasillos parecían fantasmales, pero Laura conocía bien el camino. No era la primera vez que había encontrado a Will en su despacho. Pero todas las demás veces había sabido con seguridad que él quería verla.
Desde su puerta abierta salía un rectángulo de luz amarilla. Lo vio, pero no oyó ningún sonido saliendo de dentro. Sin hacer ruido avanzó.
Él no la vio. No inmediatamente. Pero ella sí a él, y de repente se olvidó de sus nervios y sus náuseas.
Estaba repantigado en su sillón como si hubiera perdido a su mejor amigo. Se había quitado la bata del laboratorio y la había echado sobre una silla, pero parecía que llevara una semana durmiendo con su camisa azul. Tenía barba de tres días, el pelo enmarañado y grandes ojeras. Se le veía sin energía.
– ¿Will?
Estaba mirando por la ventana, pero volvió la cabeza al momento. Laura temió que no quisiera verla, que estuviera furioso. Pero sus ojos la traspasaron con intensidad.
– Ha sido muy difícil encontrarte. No quería molestarte en el trabajo, pero no he dejado de llamar a tu casa y no te localizaba…
