Deb no vivía en un albergue de mujeres, sino que se había instalado en un dúplex en St. Louis, con un nuevo ordenador y todo lo necesario para comenzar un negocio de contabilidad desde su casa. Se estaban solucionando los últimos papeleos de su divorcio. Aunque había una orden contra su marido para que no se acercara a ella, Will imaginó que no haría daño tener a un guardaespaldas para asegurarse de que el imbécil se comportaba.

El dinero resolvió muchos problemas. Pero Will no estaba seguro de que pudiera solucionar el problema que tendría Laura cuando la separaran del bebé.

Por supuesto, ella no dejaba de decir que no había ningún problema.

– ¡Está aquí! -gritó Laura corriendo desde la ventana a la puerta.

Deb entró, y durante los siguientes veinte minutos no dejaron de hablar entre ellas. Will le quitó a Deb el abrigo, dijo un par de palabras a las que ninguna prestó atención y vio a las hermanas reírse y abrazarse, interrumpirse continuamente y hablando como locas.

Deb no perdió un instante en abrazar a su bebé. Will se fijó en ella. Seguía muy flaca, pero su piel tenía mejor color, sus hombros no estaban hundidos y había vida en sus ojos.

Una vez Deb abrazó al bebé, Laura no volvió a mirar a Archie. Naturalmente, estaba ocupada charlando por los codos con su hermana, pero Will se preocupó. Durante dos meses y medio no había apartado los ojos del niño. Y de repente fue como si no existiera.

Entonces Archie soltó un chillido.

Will suspiró.

– ¿Qué tal si las dos vais a tomar un café mientras yo hago los honores?

– ¿Los honores? -preguntó Deb confundida.

Will le quitó al pequeño.

– No te preocupes. Soy un profesional en esto de cambiarle. En seguida volvemos.

Deb pareció sorprendida.

– ¿Estás seguro de que está mojado?

– Totalmente.

El estudio estaba ordenado de nuevo, aunque aún quedaban algunas cosas. Will se ocupó de cambiarlo con rapidez. En cuanto el niño se quedó desnudo, se acurrucó e intentó morderse el pie, pero Will conocía bien el truco.



50 из 58