
Al final Laura ganó la batalla con los botones de la camisa y se la quitó. Cuando su pecho quedó desnudo, ella extendió las manos por su piel.
La luz de las velas brillaba en la cara de Will, reflejando la solitaria oscuridad en sus ojos. Las luces de colores del árbol se reflejaban en sus enormes hombros desnudos. Ese hombre solitario que necesitaba una familia había sido el que le había robado el corazón, y no el amante extravagante y alocado.
Aunque posiblemente su relación con él era sólo un sueño. Posiblemente su misterioso caballero evitaba temas como los bebés y las familias porque no tenía interés en ello y nunca lo tendría.
– ¿Qué ocurre, Laura?
– Nada.
Lo besó con fuerza, queriendo borrar todos sus miedos. Dado su pasado, era normal que él no quisiera compromisos. No sabía nada de la felicidad de una familia, y Will no era un hombre al que se pudiera forzar.
Aún así, ella nunca había estado tan enamorada.
– Laura.
– Sshh…
– Laura, hay alguien en la puerta. Están llamando.
No era posible. Laura acababa de oír el reloj de cuco en la cocina que había dado las doce. Nadie podría llamar a esa hora.
Pero entonces oyó los golpes impacientes en la puerta, y miró a Will confundida.
– No puede haber nadie ahí.
– Pues lo hay. Yo me ocuparé.
Will recogió su camisa y se puso de pie.
Laura se pasó una mano por el pelo revuelto. Se levantó y buscó su sudadera. Se la puso y trató de ordenarse el pelo mientras iba también hacia la puerta.
Cuando Will la abrió, sus anchos hombros le bloquearon la visión.
– ¿Quién es?
Entonces se puso junto a Will y lo vio.
No había visto a su hermana pequeña desde hacía un años. A Laura nunca le había gustado el hombre con el que ella se casó tres años antes, pero la pareja se había mudado a Oregón, lo que parecía el otro lado del mundo.
