Deb se quedó embarazada el año anterior, y a pesar de que las conferencias eran muy caras, Laura llamaba a menudo a su hermana. Y estaba preocupada, porque últimamente Deb le parecía distinta. Ella sabía que el embarazo suponía un trastorno emocional, y Deb le había dicho una y otra vez que estaba bien y feliz, de manera que pensó que se preocupaba sin necesidad pues, según creía, su hermana no tenía ninguna razón para mentirle.

Pero no se dio cuenta hasta ese momento de lo bien que mentía Deb.

Deb no llevaba sombrero, y su vieja chaqueta de lana estaba abierta y sin botones. Habría perdido casi diez kilos desde la última vez que Laura la vio, y a su hermana nunca le había sobrado peso precisamente. Deb siempre había sido la bella de la familia, pero en ese momento tenía las mejillas hundidas y el rostro demacrado, y el pelo despeinado. Y sus ojos, sus maravillosos ojos llenos de vida, estaban llenos de miedo.

– ¡Laura!

Deb echó una mirada rápida a Will pero luego se dirigió a su hermana. Pareció desmoronarse. Se le llenaron los ojos de lágrimas y al instante empezó a llorar descontrolada.

Laura, atónita, corrió hacia su hermana con los brazos abiertos.

Algo tarde se dio cuenta de que Deb no era la única ahí fuera.

El bebé en los brazos de su hermana estaba acurrucado hecho un ovillo y llorando sin parar.

Capítulo Dos

– Necesito que te quedes un tiempo con Archie. Te juro que no será mucho tiempo, Laura. Yo tengo que encontrar un sitio donde vivir. Roger… no quiere al niño. Pero sí a mí, y hasta que pueda encontrar un sitio donde escondernos los dos y estar a salvo…

– ¿Puedes sentarte un momento? Sabes que me quedaré con el niño y te ayudaré en todo lo que pueda. Eres una burra si creías que me lo tenías que preguntar. ¿Pero por qué no me dijiste que tenías problemas?



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