
Cualquier pequeño resquicio de esperanza de que él ignorase su identidad se desvaneció con la pregunta. La muchacha enderezó la espalda y levantó la barbilla.
– Sabe usted quién soy.
Una oscura ceja se arqueó.
– ¿Esperaba que no lo supiera?
Una chica puede soñar, se dijo ella.
– Lo dudaba, porque es evidente que se está propasando -respondió la joven mirándole con intención las manos, que seguían sujetándola-. Puede soltarme, señor.
Él obedeció de inmediato y dio un paso atrás. A Alex le pareció que sus dedos se deslizaban un instante sobre su piel desnuda antes de soltarla. Un temblor la recorrió; sin duda debido al fresco aire nocturno que rozó la zona que habían calentado las palmas de él.
– ¿Se ha hecho daño al tropezar? -preguntó él, con voz preocupada, mirándola de arriba, abajo.
– ¿Al tropezar?
– Sí. Estaba caminando por el jardín cuando he oído un ruido. Al volver la esquina, la he visto levantarse y sacudirse las manos. Espero que no esté herida.
– Pues… no, gracias. Estoy bien.
Alex, confusa, lo observó con atención. Se enorgullecía de su capacidad para leer los pensamientos de la gente, y la expresión de aquel hombre, muy visible al resplandor de la luna llena, revelaba solo un interés cortés, tal vez con una pizca de curiosidad. Al parecer, ignoraba que ella hubiese saltado por la ventana.
Volvió a mirarlo. En los ojos de aquel hombre no brillaba ni la más ligera sombra de reconocimiento. ¿Era posible que no recordase su anterior encuentro, que solo la conociese de esa misma noche? La invadió una oleada de alivio, aunque duró poco. La intensidad con la que él la había mirado en el salón tenía que significar algo. Si no la recordaba, ¿qué debía ser?
El hombre se movió, y a la joven se le tensaron los músculos. Sin embargo, se limitó a sacarse un pañuelo del bolsillo interior del chaleco.
– Para que se limpie las manos -dijo, ofreciéndole la pieza de tela blanca con un galante ademán.
