– Quieta -dijo una profunda voz masculina.

¿Cuándo se había vuelto su suerte tan horriblemente mala? Aquella noche iba de mal en peor.

Los dedos se doblaron contra su piel, descubierta por las mangas cortas y afaroladas de su vestido, y la joven observó que el hombre no llevaba guantes. Sintió que le recorría un hormigueo que sin duda no era más que fastidio. Decidida a liberarse deprisa de aquel irritante obstáculo en sus planes de huida, Alex levantó la barbilla.

Y miró a los ojos familiares del extraño.

Capítulo 2

El enojo de Alex se evaporó, y un sentimiento de alarma rugió a través de ella con tanta fuerza que la joven se mareó. Una vocecita interior le ordenó apartarse de él, pero no pudo moverse. Solo pudo mirar aquellos ojos insondables, que la observaban con una expresión impenetrable. Todos sus músculos se tensaron, atenazándola con el miedo que creía haber vencido tiempo atrás.

Un tenso silencio que pareció durar una eternidad creció entre ellos mientras Alex luchaba por dominar su pavor y mostrarse serena.

Algo aleteó en la mirada de él… algo que desapareció antes de que Alex pudiese descifrarlo. Algo que la muchacha rogó que no fuese reconocimiento. Sin embargo, ¿qué otra cosa podía ser? Sin duda, no se trataba de una coincidencia que precisamente él apareciese justo debajo de esa ventana concreta en ese momento concreto.

Los años que había vivido huyendo de su pasado finalmente la habían alcanzado. En la forma de ese extraño que seguía sujetándola con firmeza. Recurriendo a todas sus reservas, Alex se deshizo de su aprensión y recuperó su aplomo. Sabía cómo salir de situaciones apuradas, aunque nada en el porte de él lo clasificaba como un tonto, una observación que la joven decidió ignorar estúpidamente cuatro años atrás.

– ¿Se encuentra bien, madame Larchmont?



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