
Alex apartó de su mente la ridícula pregunta. Por el amor de Dios, debería estar dando saltos de alegría ante su mala memoria. Además, ¿por qué iba a recordarla? Su encuentro había sido muy breve. Un arrogante miembro de la nobleza difícilmente se fijaría en el rostro de una sucia pilluela callejera.
La nube de desastre que se cernía sobre su sustento y todos sus planes de futuro retrocedió… un poco. No podía disipar la extraña sensación de que, pese a todas las apariencias, el hombre estaba jugando con ella. Alex debía permanecer en guardia, y para ello necesitaba información. Las cartas habían predicho la reaparición de aquel extraño en su vida y que desempeñaría en ella una función destacada. Pero no sabía por qué y necesitaba averiguarlo.
– Pues sí, he leído el artículo del Times -dijo, brindándole su mejor y más misteriosa sonrisa-. Creo que medio Londres confía en que yo pueda predecir con quién se casará.
Él rió entre dientes con voz profunda y sonora.
– Yo también confío en ello. La verdad, me ahorraría mucho tiempo. ¿Puedo acompañarla adentro? -preguntó mientras le ofrecía el brazo-. Espero con ansia mi turno para que me eche las cartas.
Alex vaciló. No deseaba regresar a la casa en la que el criminal criado de los Malloran y su socio se movían entre los invitados.
– Gracias, pero ya me marchaba.
– ¿Tan pronto?
La joven extendió las manos.
– Cuando los espíritus me llaman a casa, debo obedecer.
– ¿Han llamado ya a su carruaje?
Ella ocultó su mueca de disgusto. Era típico de un aristócrata consentido dar por supuesto que todo el mundo tenía un carruaje a su disposición. Alex levantó un poco la barbilla.
– Pensaba tomar un coche de alquiler.
El hombre descartó esa posibilidad con un gesto.
– Ni hablar. Es demasiado tarde para que una dama viaje sola. Pediré mi carruaje ahora mismo y la acompañaré a casa.
