
– Agradezco la oferta, lord Sutton. Sin embargo, estoy acostumbrada a volver sola a casa.
– Puede ser, pero no es necesario que lo haga esta noche.
– No se me ocurriría sacarle de la fiesta, en la que muy bien podría conocer a su futura esposa.
– Ya he visto las ofertas de esta noche y estoy seguro de que la mujer de mis sueños no se halla en el salón de lady Malloran. La verdad es que la mujer más interesante que he conocido hoy, con diferencia, está delante de mí -dijo él con una sonrisa cálida, simpática e impregnada de picardía-. Créame, me haría un gran favor si me permitiese acompañarla a casa.
¿Se estaba divirtiendo a su costa? Quizá. Pero si era así, ella tenía que saberlo. Sentía una enorme curiosidad por aquel hombre quien -estaba convencida de ello- era el que había desempeñado una función tan destacada en sus cartas durante años, y no se le ocurría ninguna razón para rehusar su oferta que no sonase a grosería, así que la joven asintió.
– Muy bien.
Él extendió el brazo en el ángulo perfecto.
– Vaya con cuidado. No querría que volviese a tropezar.
¿Había un destello de humor en su voz? Alex lo observó, pero la expresión de él no vaciló.
– No, no me gustaría volver a tropezar -convino ella.
Con los dedos enguantados, la joven lo tomó del codo y ambos avanzaron por la estrecha franja de hierba que corría a lo largo de la casa hacia la fachada. Los firmes músculos del antebrazo del hombre se doblaron bajo los dedos de la muchacha, y ella pensó que debía de gustarle montar a caballo. Alex observó sorprendida que cojeaba un poco de la pierna izquierda. Cuatro años atrás no sufría aquella cojera. En realidad, caminaba muy deprisa. Demasiado.
Cuando llegaron a los peldaños de la entrada apareció un lacayo, y Alex se puso rígida, temiendo que el sirviente alto y moreno fuese la persona que había oído en el estudio.
– ¿Su carruaje, lord Sutton?
