
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando se detuvo delante de la casa un elegante carruaje lacado en negro, cuya puerta decoraba un escudo de armas, tirado por un hermoso par de caballos rucios.
– Justo a tiempo -dijo la voz profunda de lord Sutton a sus espaldas.
Antes de que pudiera volverse, el hombre le colocó la capa sobre los hombros. Cuando la joven fue a coger las ataduras, sus dedos rozaron los de él. Notó que lord Sutton se quedaba inmóvil, muy cerca de ella. Escandalosamente cerca. Tan cerca que la calidez de su aliento le acarició la nuca. El calor de sus manos penetró sus finos guantes de encaje, y la piel de la joven se estremeció ante el contacto. Antes de que Alex pudiese reaccionar de alguna forma que no fuese quedarse allí y asimilar lo perturbada que se sentía ante él, el hombre dio un paso atrás.
Irritada consigo misma, Alex tiró de las cintas del cuello, pero, para mayor mortificación, los dedos le temblaron un poco al atar los largos cordones y el resultado fue un lazo chapucero y flojo.
Lord Sutton se situó a su lado, tranquilo e imperturbable, y le tendió su gorro, que Alex optó por no ponerse en vista de su reciente experiencia con los lazos.
– Lady Malloran está muy disgustada por su marcha -dijo él-, así que me he tomado la libertad de explicarle que cuando los espíritus le hablan, usted no tiene más remedio que hacerles caso, y que le han dicho muy claro que era hora de volver a casa. Espero que mis palabras cuenten con su aprobación.
La joven examinó su semblante en busca de algún signo de burla, pero su voz y expresión eran serias. La luz salía a raudales por las altas ventanas de la casa, destacando sus hermosos rasgos, y Alex recordó de inmediato que no había podido apartar su mirada de él la primera vez que lo vio entre la multitud en Vauxhall, cuatro años atrás. Alto y tremendamente atractivo, estaba solo, bajo un árbol, con la espalda apoyada contra el robusto tronco, observando a la gente que pasaba junto a él.
