La joven suspiró aliviada y se obligó a relajarse. No era su voz. No se trataba del mismo hombre.

– Sí, gracias -respondió lord Sutton, antes de volverse hacia la muchacha-. ¿Lleva algún chal u otras pertenencias que haya que recoger?

Cielos, entre tanta confusión se había olvidado de eso.

– Sí, mi gorro y mi capa de terciopelo verde.

Alex miró las amplias puertas dobles que conducían al vestíbulo. Supuso que debía volver a entrar para despedirse de lady Malloran, pero la simple idea de hacerlo le producía escalofríos.

– ¿Por qué no espera aquí mientras me ocupo de nuestras pertenencias y me despido de nuestra anfitriona de parte de usted?

– De acuerdo, gracias -dijo ella en su tono más regio, confiando en que no se notase el alivio que sentía.

Él entró en la casa, y Alex aprovechó para respirar a gusto por primera vez desde que lo había visto en el salón. Tal vez no fuese el hombre que, según las reiteradas predicciones de las cartas, iba a entrar de nuevo en su vida, pero su intuición, que nunca le había fallado, le decía que se trataba de él. Si pudiese echarle las cartas, tal vez le fuese posible averiguar más. Sin embargo, para hacer eso le habría hecho falta pasar más tiempo en su compañía. En tal caso, ¿se arriesgaría a que él la recordase?

Ahora que podía pensar con claridad, se dio cuenta de que solo tenía que negar cualquier encuentro anterior, afirmar que debía de parecerse a alguien que él vio solo una vez, y unos breves instantes. Era evidente que ella no le resultaba familiar. Sin embargo, Alex lo recordaba intensamente. Aquel hombre se había hecho inolvidable en el transcurso de unos cuantos minutos frenéticos.

Resultaba evidente que ella no estaba hecha de una pasta tan memorable, algo que de nuevo, de forma inexplicable, hizo que se sintiese ofendida. La joven miró hacia el cielo. ¿Ofendida? Estaba loca de atar. Que él no la recordase solo podía describirse como una milagrosa bendición.



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