¿Se referirían esas palabras a la señora Brown? ¿O había querido decir que encontraría una cierta paz, un cierto alivio para el peso que sentía en el corazón? Una serie de imágenes le pasaron por la cabeza, y se encogió como si fuera a recibir un golpe. El fuego que ardía sin control. Los gritos de pánico de los hombres, los relinchos aterrorizados de los caballos. El rostro de Nate…

Cuando pidió que le explicara su críptico comentario, Elizabeth simplemente le honró con una de esas sonrisas femeninas indescifrables que afirman: «Sé algo que tú no sabes.» Bueno, pues él lo sabría, fuera lo que fuera, bien pronto: los pasajeros estaban desembarcando.

Alargó el cuello, y escrutó el rostro de cada persona que se acercaba. Un par de hombres jóvenes. Claro que no. Un caballero de mediana edad, seguido de una pareja con aspecto cansado, cada uno sujetando a un niño. Robert sonrió a los niños y recibió unas muecas desdentadas como respuesta. Devolvió su atención a los pasajeros. Marcó con un «no» mental a un clérigo, a un apuesto caballero y a un grupo de habladoras matronas que pasaron frente a él.

Su mirada se desvió hacia una mujer vestida de luto de la cabeza a los pies, y otro «no» se formó rápidamente en su cabeza. Aunque Elizabeth le había explicado que la señora Brown era viuda, su marido había muerto hacía años. Ya no llevaría ropas de luto.

Pero había algo en el rostro de la mujer que le hizo mirarla por segunda vez. Los ojos separados y el intrigante hoyuelo en medio de la barbilla… y la manera en que lo estaba mirando, como si lo reconociera.

Se sintió confuso, y alzó una mano para protegerse los ojos del sol. Aquélla no podía ser la mujer. ¿Dónde estaba la radiante sonrisa? ¿La alegría que despedía? ¿El toque de diablillo travieso? La tristeza y la seriedad envolvían a aquella mujer como una oscura nube. Robert miró detrás de ella, pero el único pasajero que quedaba era una gruesa matrona que batallaba por la pasarela con un trío de escandalosos perritos blancos.



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