
Volvió a mirar a la mujer de negro. Ella caminó directamente hacia él, mientras escrutaba su rostro. Robert vio fugazmente un perdido mechón marrón que se escapaba del negro sombrero de la niujer. La reconoció de repente, y aunque supo sin lugar a dudas que era la señora Brown, su mente aún se negaba a ver en esa mujer a la del retrato que Elizabeth le había dado. Eran exactamente iguales… pero no se parecían en nada.
– Usted debe de ser lord Robert Jamison -dijo, deteniéndos a unos cuantos pasos de él-. Lo he reconocido por el dibujo que Eli zabeth me envió.
«Desearía poder decir lo mismo.»
Era imposible que aún estuviera de luto por su marido. Pero seguramente se trataba de eso, ya que Elizabeth no le había mencionado que la señora Brown hubiera sufrido alguna pérdida más reciente. Sintió compasión por ella. Sin duda debía de haber adorado a su marido y su muerte la había consumido de aquella manera tan dramática. Los ojos del color del buen coñac añejo, parecían angustiados y tensos en su pálido rostro. Qué pena que el luto la hubiera marcado así. Qué injusto que el hombre a quien amaba hubiera sido apartado de ella, Llevándose consigo la risa y la alegría de su esposa. Se la veía pequeña y terneros en esos severos ropajes, como si el dolor se la hubiera tragado por completo. Robert dejó a un lado la decepción y la pena que sentía por ella esperando que no se le hubiera reflejado en el rostro, y le ofreció su sonrisa más encantadora acompañada de una formal reverencia.
– Cierto. Y usted debe de ser la señora Brown.
– Sí. -Ni siquiera la sombra de una sonrisa apareció en aquel rostro. Su expresión se hizo incluso más grave mientras recorría con mirada el lugar donde se hallaba. Robert la contempló; se sentía extrañamente falto de palabras.
