El accidente. Sí, así lo llamaba todo el mundo. Un cabrestante mal asegurado se había soltado y le había golpeado entre los hombros, empujándola por encima de la borda. El capitán Whitstead había reprendido a toda la tripulación.

Pero ¿había sido realmente un accidente? ¿O alguien había soltado intencionadamente el cabrestante y lo había impulsado hacia ella?

Sintió un nuevo escalofrío, e intentó convencerse de que sólo se debía a que aún tenía el cabello húmedo bajo el sombrero. Con todo, no podía pasar por alto el hecho de que su casi fatal caída no era el primer incidente extraño que le había sucedido durante el viaje. Primero había sido la inexplicable desaparición de su alianza de bodas. ¿La había perdido o se la habían robado? Aunque el anillo no tenía gran valor monetario, sí que lo echaba de menos por su valor sentimental, ya que era un recuerdo tangible de lo que había tenido… y perdido.

Luego la caída por las escaleras, en la que, por suerte, no se había roto nada, aunque los dolorosos morados habían tardado semanas en desaparecer. En aquella ocasión había notado un empujón… El sentido común le decía que sólo había sido un tropezón accidental, pero no podía sacarse de encima la sensación de que la habían empujado. ¿Y qué decir de la misteriosa afección de estómago que había sufrido la semana anterior? Nadie más había enfermado. ¿Podría ser que hubieran puesto algo en su comida?

Pero ¿por qué? ¿Qué razón podía tener alguien para desear hacerle daño? Se había hecho esa pregunta docenas de veces y no había sido capaz de dar con una respuesta concluyente. Quería pensar que estaba a salvo, pero una voz interior le advertía que existía la posibilidad de que no fuera así. ¿La habría seguido a Inglaterra alguna amenaza del pasado?



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