Volvió a mirar a su alrededor, pero no notó nada raro. Su inquietud disminuyó un poco y se dio ánimos. El barco atracaría en menos de una hora. Entonces se perdería entre la multitud y se sumiría en el anonimato de la gran ciudad. Allí nadie la conocía. Nadie…

Bajó la mirada, deslizándola por el vestido negro de luto que la cubría. La severa sarga se ondulaba bajo la fuerte brisa. Una imagen de la cálida sonrisa de David le cruzó la mente, y apretó los ojos con fuerza en un vano intento de alejar el intenso pesar que aún, pasados tres años de su súbita muerte, la invadía siempre que pensaba en su difunto marido. Dios, ¿cesaría algún día el dolor que le oprimía el corazón? ¿Volvería alguna vez a sentirse completa?

Sus dedos acariciaron de manera distraída la tela del vestido mientras su mente dibujaba el pequeño objeto que escondía bajo los voluminosos pliegues, cosido al dobladillo de la enagua. Para tenerlo seguro. Y siempre cerca. Sobre todo después de la inexplicable desaparición de su alianza de bodas.

«Ésta es la última etapa de mi viaje, David. Después de reparar este último agravio, seré libre.»

– ¡Alberta! ¡Aquí estás! Los chicos te han estado buscando por todas partes.

Allie se volvió hacia la voz, familiar y autoritaria, agradecida por la interrupción de sus turbadores pensamientos. La baronesa Gaddlestone se le acercó con un vigor que desdecía de su gruesa figura y sus sesenta y tres años. Claro que parte del brioso andar de la baronesa se debía a las muchas energías de los tres perros malteses que sujetaba por las correas. «Los chicos», como llamaba la baronesa a su peluda jauría, arrastraban a su dueña como si fueran unos poderosos bueyes y ella un carro cargado.

Allie dejó a un lado sus preocupaciones y se agachó para recibir el entusiasta y ruidoso saludo que le ofrecían las tres bolitas peludas.

– ¡Edward, compórtate! -riñó la baronesa cuando el más pequeño de los malteses llenó la cara de Allie de besos húmedos y alegres-. ¡Tedmund¡! ¡Frederick! Parad inmediatamente!



3 из 338