
Al oír la buena noticia, las colas de los chicos barrieron la cubierta como un trío de escobas.
Allie se sintió inundada por una cálida sensación. La baronesa le gustaba de verdad; los brillantes ojos verdes y los redondeados rasgos niveos le hacían pensar en un duendecillo anciano y bondadoso. Le agradecía que la hubiera contratado para ser su aconipañante durante el viaje. Sin su ayuda no podría haberse pagado el pasaje hasta Inglaterra. No podía negar que el carácter animado y hablador de la baronesa, junto con la energía inagotable de sus mascotas, había aliviado en gran parte la soledad en la que Allie había vivido durante tanto tiempo.
– ¿Me buscaba, lady Gaddlestone?
– Sí, querida. Quería aprovechar este momento de calma para agradecerte tu excelente compañía durante el viaje. Mi acompañante anterior, que fue conmigo hasta América, resultó ser de lo más insatisfactoria. -Se inclinó para acercarse más a Allie y le confesó-: Varias veces detecté un cierto olor a coñac en su aliento. Escandaloso. Pero lo peor fue que no tenía ninguna paciencia con los chicos. Edward, Tedmund y Frederick no la soportaban. Oh, esa tal señora Atkins era completamente horrible, ¿no es cierto, chicos?
La baronesa arrugó la nariz y fingió estremecerse; los chicos entrecerraron los ojos y gruñeron asintiendo. Allie casi los podía oír diciendo: «Sí, mamá, era horrible, y si se atreve a volver, le morderemos los tobillos. nos comeremos sus zapatos y haremos pipí en su cama… de nuevo.»
– Pero tú, querida -prosiguió la baronesa, sonriendo cariñosamente a Allie-, tú eres lo que yo llamo una amante de los perros. No todo el mundo lo es, sabes?
– Yo también he disfrutado de su compañía, lady Gaddlestone. -Miró hacia los perros y les hizo un guiño-. La suya y la de los chicos.
