Los chicos desoyeron alegremente a su dueña, como solía pasar siempre que se alborotaban, pero Allie disfrutaba con el ruidoso jaleo de los perros. Más aun, tenía una deuda con ellos que nunca podría saldar. Cuando Allie cayó por la borda, fueron sus incesantes ladridos los que alertaron al marinero. Así que estaba dispuesta a pasar por alto sus malas costumbres y sólo se fijaba en su innegable encanto.,Qué importaba que a Edward le encantara marcar como suyos todos los trozos de madera o cuerda que tuviera al alcance? Y a bordo de un barco, esa manía mantenía tan ocupado al perrito que todas las noches caía exhausto en su cesta.

¿Cómo podía censurar a la predilección que sentía Frederick por mordisquear tobillos, cuando había sido él el que casi arrastró al marino salvador hasta la barandilla mientras sus hermanos se quedaban afónicos de tanto ladrar? Su mirada halló a Tedmund, que se había alejado unos cuantos metros para dedicarse a su actividad favorita, esta vez sobre un montón de trapos viejos. Oh, Dios. En muchas ocasiones había intentado explicar a Tedmund que no era educado tratar de hacer perritos con cualquier otra cosa que no fuera una perra, e incluso así, sólo en privado, pero Tedmund seguía sin hacer caso.

Después de separar discretamente a Tedmund del montón de trapos y de haber repartido a partes iguales su cariño entre los tres perros, Allie se incorporó y los contempló juguetear.

– Sentaos -ordenó.

Tres traseros caninos se colocaron inmediatamente sobre el suelo de la cubierta.

– Debes explicarme cómo lo haces, querida dijo la baronesa, en un tono exasperado-. He sido incapaz de calmarlos desde que les dije que llegaríamos a casa esta mañana. Ya sabes lo ansiosos que están por correr por el parque. -Dedicó una gran sonrisa a sus criaturitas-. No os preocupéis, encantos. Mamá promete llevaros a dar un largo paseo esta misma tarde.



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