La baronesa le apretó las manos una última vez, luego se las soltó.

– Vamos, chicos -dijo-. Es hora de vuestro tentempié de la mañana, antes de desembarcar. -Mientras los chicos tiraban de ella, la baronesa se volvió hacia Allie-. Te veré en el muelle, querida. Seguro.

Sola de nuevo, Allie se llevó la mano al hondo bolsillo y sacó la última carta que había recibido de Elizabeth, más conocida como la duquesa de Bradford. La corta misiva había llegado a sus manos dos semanas antes de partir hacia Inglaterra.

Desdobló las hojas de papel vitela y volvió a leer las palabras, aunque ya se las sabía de memoria:

Querida Allie:

No puedo explicarte lo nerviosa que estoy ante la perspectiva de tu visita. Ardo en deseos de que conozcas a mi maravillosa familia, sobre todo a mi esposo y a mi encantador hijo. Por desgracia, no podré ir a esperarte a Londres como había planeado, pero es por una buena razón. Justo cuando tu barco arribe a puerto, ¡Austin y yo estaremos esperando el nacimiento inminente de nuestro segundo hijo! Así es, para cuando llegues a Bradford Hall, ya habré vuelto a ser madre. Pero no pienses en absoluto que tu visita pueda ser inconveniente. Después de dar a luz a James, me recuperé con lo que Austin llama «velocidad alarmante» y, como bien sabes, soy muy fuerte. Y no te preocupes por el viaje hasta Bradford Hall. La propiedad se halla a varias horas de viaje de Londres, pero ya he conseguido que el hermano de Austin, Robert, me prometa ir a buscarte al barco y acompañarte hasta aquí. Te adjunto un retrato de Robert, y a él le daré uno tuyo, para que os podáis reconocer con facilidad en el muelle.

Cuento los días hasta que nos veamos de nuevo, Allie. ¡Te he echado tanto de menos!

Deseándote un buen viaje, se despide de ti, tu amiga,



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