Escrutó los rostros de los pasajeros que esperaban para desembarcar, pero no vio a nadie que se pareciera a la sonriente joven del dibujo que había hecho Elizabeth. Claro que era imposible distinguir los rasgos a esa distancia. Como el resto de la gente que se hallaba allí para recibir a los pasajeros, estaba esperando a una distancia segura, lejos de los cabrestantes que descargaban el equipaje de los pasajeros y la carga del barco.

Sacó el dibujo del bolsillo del chaleco y volvió a contemplar el rostro que había picado su curiosidad desde el primer momento en que lo vio, meses atrás, cuando Elizabeth le había entregado el retrato y le había pedido que fuese a recoger a la señora Brown al puerto. Era uno de los rostros más atractivos que había visto nunca, encantador no sólo por las agradables facciones sino también por la alegría que aquella sonrisa sugería. Lo cálido y risueño de los ojos. Y también por un algo de diablillo travieso que parecía desprenderse del papel. No tendría problemas para reconocer a aquella mujer en medio de cualquier multitud. El pulso se le aceleraba con sólo pensar que vería a esa hermosa criatura en persona. Y sabía que en eso confiaba Elizabeth.

Volvió a guardar el dibujo en el bolsillo y recordó el comentario que le había hecho Elizabeth cuando se disponía a partir de Bradford, el día anterior. “Quizá te guste mi amiga”, le había insinuado, una frase que había oído a los miembros femeninos de su familia más veces de las que podía contar. Desde que el año anterior había comentado de pasada que le gustaría sentar cabeza y tener una familia propia, su hermana, su cuñada y su madre se habían dedicado a sembrar su camino de jóvenes solteras. Al principio no se había quejado de sus esfuerzos, ya que su propia búsqueda de esposa no proporcionaba ningún resultado. Y no podía negar que había conocido una sorprendente cantidad de damas encantadoras, algunas de las cuales le habían gustado bastante y otras tantas con las que había compartido discretamente algo más que un vals.



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