Luego le aseguró que la amaba en numerosas ocasiones, apasionadamente, lo cual la había dejado sorprendidísima, pues ella no se consideraba guapa en absoluto.

– De eso nada -le había dicho él al adivinar sus pensamientos-. Eres como una Madonna, con tu cara serena y ovalada, tu cabello negro y tus grandes ojos. Cerca de casa hay una iglesia pequeña con un cuadro de la Madonna sujetando a un bebé. Te llevaré para que la veas por ti misma. Así que no cambies nunca, carissima.

Donna estaba encantada de verse a sí misma a través de los ojos de Toni. Lo quería por eso y por otras muchas cosas: por su amor por la vida, por su infantil entusiasmo, que podía hacerle cometer algunas locuras, por su risa despreocupada… Pero, sobre todo, lo amaba porque él la amaba a ella.

Era ya mediodía y el sol calentaba en las alturas.

– ¿ Tienes calor? -se interesó Toni.

– Un poco -admitió-. La verdad es que después de estar en Inglaterra, me gustaría que me metieran en la nevera.

– Pobrecita. Esta noche te dejaré descansar en casa, a la sombra -concedió Toni-. Pero mañana iremos de tiendas y te compraré ropa nueva y alguna joya. Quiero verte reluciendo con rubís.

– ¡Siempre tan soñador! -exclamó Donna sonriente-. Sabes que no puedes permitírtelo.

– ¿Quién dice que no puedo permitírmelo?

– Bastante apurado estás ya con los plazos de este coche.

– ¿Apurado?, ¿yo?, ¿por qué dices eso? -preguntó poniendo cara de inocente.

– Recuerda que vivo contigo y me entero de las cosas -sonrió Donna.

– Sí, claro -Toni se encogió de hombros-. Pero sólo estoy un poco apurado. No estás enfadada conmigo, ¿verdad, cara?

– ¿Cómo vaya estar enfadada contigo? -le preguntó con ternura.



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