
Ella sólo podía estar apasionadamente agradecida a ese jovenzuelo que había llenado su vida de calor y color. El la amaba, y eso la colmaba de felicidad.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que un hombre la había querido. A los siete años, su padre se había ido de casa para arrojarse en brazos de otra mujer y, tras el divorcio, a pesar de que se habían visto en alguna ocasión. Donna había acabado comprendiendo que no había espacio para ella en la nueva vida de su padre.
Luego, tres años después, su madre había muerto.
Pero ni siquiera entonces se había ocupado su padre de ella y Donna había terminado por perder las esperanzas de recuperarlo
El resto de su infancia había transcurrido en un orfanato. Había tenido dos familias adoptivas, una de las cuales había acabado divorciándose. La otra tenía muchos hijos.
Donna había cumplido ya los catorce y había cuidado a los pequeños. Le gustaba saberse necesaria, pero su madre adoptiva le había dejado bien claro que ella estaba allí porque le resultaba útil, no porque la quisieran.
Al final, con dieciséis años, había salido del orfanato y, aunque había seguido escribiendo a su última familia, nunca habían respondido a sus cartas.
Con un pasado así, no resultaba extraño que encontrase a Toni irresistible. Todo lo que tenía que ver con él le parecía encantador, hasta su nacionalidad. Italia siempre había sido el país en el que Donna había soñado vivir. Había llegado a estudiar italiano, pero, debido a lo poco que podía ahorrar con su sueldo, nunca había tenido ocasión de irse allí, ni siquiera durante unas vacaciones. Siempre había imaginado Italia como un país alegre, colorido y de grandes y cariñosas familias. Le daba pena que la familia de Toni se redujera a un abuelo y a su hermano mayor, Rinaldo; pero algo era algo.
Pronto los conocería y pronto, muy pronto, dejaría de ser la solitaria Donna Easton, para convertirse en la Signara Mantini, embarazada de un bebé Mantini.
