
Colocó una mano sobre la bolsa de cuero, pues Toni la había soltado de mala manera sobre una silla; sin embargo, ya era demasiado tarde y el contenido se cayó al suelo.
– ¡Maldita sea! -Exclamó Donna al recoger algo que se había caído-. ¿Cómo has podido hacer esto?
– Escucha, cara, ahora mismo iba a explicarte…
– Es el dinero que Rinaldo quiso obligarme a aceptar, ¿no? -preguntó furiosa-. ¡Te dije que no lo quería, pero lo guardaste entre tus cosas cuando me di media vuelta!
– Vamos, no montes un escándalo…
– ¿Un escándalo? Sabías de sobra lo que pensaba sobre ese dinero.
– Cara, vamos a necesitar dinero -se defendió Toni.
– ¡Pero no su dinero! -Exclamó hecha una fiera-. Eso nunca.
– ¿Qué tiene de malo su dinero? Es tan bueno como el de cualquier otra persona. Rinaldo es mi hermano. ¿Por qué no iba a ayudarnos?
– ¿Es que tengo que explicártelo?
Donna lo miró a los ojos y vio que Toni no comprendía sus motivos. Se sentía enferma. Agarró con fuerza el sobre, intentando decidir qué hacer, y a punto estuvo de desmayarse al notar un pequeño bulto en el interior del sobre.
– ¿Qué es esto? -Preguntó horrorizada, aunque sabía muy bien que se trataba del anillo de Piero -. Ya te expliqué por qué no podía aceptarlo -dijo desesperada.
– Pues yo sigo sin ver por qué no puedes quedarte con él -protestó Toni-. El abuelo te lo dio.
– Para darme la bienvenida a la familia. Pero nosotros estamos escapándonos de ella. Además, debería habérselo dado a Rinaldo, que es el hermano mayor.
– El abuelo podía hacer lo que quisiera con el anillo suspiró Toni, cansado de la discusión-. Y nos lo dio a nosotros. ¿Es que no ves que ahora somos independientes?
– ¿Independientes? ¿Con el dinero de Rinaldo y con el anillo de Piero?
– Bueno, a mí me parece una buena jugada aprovechar el dinero con el que Rinaldo intentó chantajearte. Me encantaría ver su cara cuando descubra que nos hemos marchado con el millón y medio.
