
– ¿Adónde vamos? -preguntó Donna.
– A casa.
– ¿A casa? -repitió desconcertada.
– Quiero decir que volvernos a Inglaterra. A algún sitio donde no puedan encontrarnos. – Toni, no lo dirás en serio…
– ¡Claro que lo digo en serio! Pensaba que todo iba a salir mucho mejor, que le gustarías a Rinaldo y que te daría la bienvenida a nuestra familia. Todo habría sido mucho más sencillo…
– ¿Quieres decir que el hecho de que yo le gustara te habría evitado el enfado de tu hermano?
Toni se encogió de hombros, reacción que se clavó en el corazón de Donna como un pequeño puñal. Intentó convencerse de que no importaba; de que, al fin y al cabo, ella ya sabía que Toni era un hombre inmaduro. Pero aquello no alivió su decepción.
– Tenernos que echar gasolina – Toni desvió la conversación-. Creo que hay una gasolinera en seguida.
Avanzó unos metros, giró el volante y se detuvo frente a la expendedora de gasolina. Mientras él llenaba el depósito, Donna salió a estirar las piernas, agitada, consciente de que no podía seguir el viaje hasta no tener una charla en serio con Toni.
– Me apetece un café -comentó ella-. Y ahí enfrente están abriendo un bar.
Como a tantos otros italianos, a Toni le gustaba llevar sus pertenencias más necesarias en una bolsa de cuero, en bandolera. Sacó la suya del coche y siguió a Donna en dirección al bar.
– Siéntate mientras te pido algo -le dijo él.
Donna se sentó y cerró los ojos, estremecida por todo lo que había pasado. Le parecía imposible lo que había sucedido en solo un día; un día en el que su alegría y sus esperanzas se habían arruinado.
Pero no; no todo se había arruinado, se dijo colocándose la mano sobre el vientre. Todavía tenía al bebé.
Toni volvió con el café y le lanzó una sonrisa encantadora. Donna intentó recordarse que él seguía siendo el chico cariñoso al que amaba. Cuando estuvieran lejos de aquel lugar, todo val vería a ser perfecto.
