
– ¡Oye, oye! Conduzco yo -protestó él al ver que Donna ocupaba el asiento del conductor.
– No, Toni. Yo conduzco -luego arrancó el coche y dio media vuelta.
– ¿Adónde vas? -preguntó Toni, despistado -. Vas en dirección contraria.
– Voy perfectamente. Volvernos a tu casa.
– ¿Cómo? ¿Estás loca? ¡Rinaldo estará enfadadísimo! -exclamó Toni, aterrorizado.
– Tenernos que devolver el dinero y el anillo. No nos pertenecen y no pienso quedarme con ellos.
– Está bien, como quieras: lo devolveremos todo por correo certificado. Y ahora, por favor, da media vuelta.
– No podemos mandar algo de tanto valor por correo. Además, quiero ver la cara de Rinaldo cuando le dé el dinero y le diga lo que puede hacer con él.
– Su cara es justo lo que yo no quiero ver -murmuró Toni.
– No te preocupes, yo cuidaré de ti -lo tranquilizó Donna.
En vez de sentirse ofendido porque Donna sugiriera que él necesitaba su protección, Toni protestó de nuevo:
– Eso es lo que tú te crees. Tú no has visto a Rinaldo cuando está enfadado de verdad. Por favor, ¡da media vuelta!
– ¡No!
– Mira, primero nos casamos, y luego volvernos a verlo.
– No -repitió Donna obstinadamente. Y, al tiempo que se negaba, supo que no habría tal boda. Ni siquiera por el bien de su pequeño, no podía casarse con Toni. Nunca estaría tranquila con ese niño grande, siempre escondiéndose o huyendo de algo. Le dejaría ver a su hijo todo cuanto quisiera, pero era una locura atarse a ese hombre inmaduro. Debería de haberse dado cuenta antes.
– Donna, ¡por favor!
– Voy a enfrentarme a Rinaldo -dijo con determinación-. No puede hacernos nada.
– ¡Por Dios! -casi estaba llorando-. No tienes ni idea de lo que dices. Tú no sabes cómo es mi hermano.
