
Corno no respondía, Toni, en un arrebato de decisión, agarró el volante. Donna deceleró e intentó apartar a Toni y mantener el coche en línea recta… inútilmente.
El coche dio un violento giro de ciento ochenta grados.
Donna hizo lo posible por recuperar el control de la dirección, pero no logró que Toni quitara las manos del volante.
– ¡Toni! -Gritó Donna-. ¡Toni, por favor!
Demasiado tarde. El mundo empezó a nublársele mientras el coche se elevaba y daba vueltas y más vueltas de campana. Fue lo último que Donna vio, aunque aún tuvo tiempo para oír el chirrido de los neumáticos y el último golpe, justo antes de detenerse; aun tuvo tiempo de oír a Toni gritando su nombre una y otra vez, hasta que su voz se desvaneció en el silencio.
Donna, en medio de aquella confusión, comprendió lo que significaba aquel silencio y empezó a susurrar el nombre de Toni, aunque sabía que no podía oírla. Que nunca más podría volver a oírla.
Estaba perdida en un túnel oscuro, dando vueltas, mareada, sintiendo su cuerpo lleno de cristales, agonizando cada vez que respiraba. Por fin abrió los ojos. Le costó fijar la mirada, pero acabó comprendiendo que se encontraba en una pequeña habitación, blanca.
Había una sombra oscura junto a la cama. Giró la cabeza lentamente y vio a Rinaldo Mantini. La estaba mirando con más odio del que jamás había visto en ningún ser humano.
Capítulo 4
– ¿Mi bebé? -preguntó Donna, después de un tenso silencio.
– No corre peligro -dijo Rinaldo con frialdad-. Tuviste suerte.
– ¿Y Toni?
– Muerto.
– ¡Dios, no! -Susurró horrorizada ante la confirmación de sus temores-. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? -preguntó tras reponerse de la impresión.
– Dos días. Al principio, los médicos dijeron que también morirías. Pero has sobrevivido.
– Tú habrías preferido que también me hubiese muerto, ¿no es cierto? -preguntó asustada por la expresión de Rinaldo.
