Rinaldo no contestó con palabras, sino con un puñetazo sobre la mesa que había junto a la cama. El cuerpo entero le temblaba de rabia.

– Deja de atormentarme -le ordenó-. ¿Por qué tuviste que aparecer en nuestras vidas?

– Porque Toni me quería -gritó Donna.

– Y tú querías lo que él podía ofrecerte.

– Exacto -afirmó sin vacilar-. Quería lo que él podía ofrecerme: cariño y ternura. Cuando Toni supo que íbamos a tener un niño, me hizo sentir como si fuera una reina, y nadie me había hecho sentir así antes… De haber sabido cómo eres, jamás me habría acercado a ti. Y ahora, cuanto antes me marche, mejor que mejor. Ojalá no tenga que volver a verte.

– Será un placer -dijo lívido.

– Sólo déjame ver antes a tu abuelo; una vez…

– ¡Ni hablar! -exclamó, usando las palabras como si fueran látigos.

– Entonces tendré que marcharme sin despedirme de él. Pronto podrás olvidar que existo.

– Ojalá pudiera -dijo Rinaldo con amargura-. Pero en casa hay un vacío; un vacío que nunca volverá a llenarse por tu culpa.

– Lo siento -dijo con suavidad. A pesar de la animadversión que Rinaldo le producía, notaba que su angustia era auténtica-. No tiene sentido que sigamos hablando. Siempre pensarás lo peor de mí. Todo te resultará más sencillo cuando me pierdas de vista.

– ¿Y tu hijo?, ¿ese hijo que tengo que suponer que es el hijo de Toni?

– Olvídame. Y olvídate del niño. Será lo mejor. Y… quiero que te quedes con esto.

Sacó su bolso del mueble que había junto a la cama y de aquél, el sobre con el dinero y el anillo.

– Al parar en la gasolinera descubrí que lo llevábamos -dijo Donna-. Pensé que ya lo habrías sacado de mi bolso.

– ¿Mientras estabas inconsciente? -Dijo con desabrimiento-. Yo no soy un ladrón rastrero. No me dedico a fisgonear en los bolsos de las mujeres enfermas. Además, quiero darme el gustazo de recuperarlo delante de tus narices.



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