
– Así que usted mantiene -guiso asegurarse el policía- que el signor Antonio Mantini fue el culpable del accidente.
– Sí -suspiró, atormentada por culpar al pobre Toni, aunque no le quedaba otra opción.
– Es una lástima que él no esté ya entre nosotros para confirmar su versión -murmuró con tono de desaprobación-. Luego le enviaremos su declaración para que la firme.
Rinaldo acompañó al policía a la salida y, después de unos minutos, regresó y cerró la puerta de la habitación.
– Así que te has salvado a costa de manchar la memoria de mi hermano -la acusó-. ¿Estás contenta?
– No estoy mintiendo -suplicó Donna-. ¿Por qué no puedes creerme?
– ¿Y por qué iba a creerte? ¿Puedes imaginarte la opinión que tengo de ti? Hace muy pocos días mi vida iba sobre ruedas. Hasta que irrumpiste en mi casa, con tu codicia, tus engaños y tú implacable empeño por llevarte por delante a todo aquél que se te pusiera por delante. Ahora mi padre está a punto de morirse y mi hermano yace en una tumba. ¡Y todo por tu culpa! -chilló.
– ¡Basta! -gritó Donna, escondiendo la cara entre las manos.
– ¿Te duele oír la verdad? -Se burló Rinaldo-. Bueno, tendrás que vivir con ella.
– ¿Ya ti? -Contraatacó Donna-. ¿Qué es lo que te da miedo afrontar a ti?
– A mí no me da miedo la verdad.
– ¿Te atreves a reconocer que Toni te temía?, ¿que ése es el motivo por el que no quería volver a vuestra casa?
– Déjalo -espetó Rinaldo-. No sabes lo que dices. ¿No te basta con haber mancillado el nombre de mi hermano delante de un policía?, ¿es que también quieres echarme a mí la culpa?
– ¿Lo ves? Eres incapaz de aceptarlo. ¿Por qué te da tanto miedo mirarte a ti mismo con sinceridad? -preguntó Donna desafiantemente.
– No me hagas odiarte más de lo que ya te odio respondió colérico.
– Creo que odias con mucha facilidad. Sin embargo, no tienes ni idea de lo que significa amar. Yo amaba a Toni; si no, no estaría embarazada de un hijo suyo. Yo lo hice feliz y él quería estar conmigo. Huyó de ti para refugiarse en mí. Ésa es la verdadera razón por la que me odias.
