
– Me alegra que seas tú el que haya venido, Gino dijo Rinaldo haciendo un esfuerzo, como si le costara regresar al mundo real.
– Lamento venir tan tarde, pero pensé que te gustaría oír lo que tengo que decirte.
– ¿Sobre qué?
– Ha aparecido un testigo que presenció el accidente.
– ¡Por fin! -exclamó Rinaldo triunfalmente-. Por fin saldrá a la luz la verdad. Se acabaron las mentiras -. ¿Por qué no habíais sabido nada de este testigo antes?
– Le daba miedo descubrirse; estaba visitando a una mujer en ausencia de su marido -explicó Gino se marchó de la casa de su amante al amanecer y estaba andando por la carretera cuando vio acercarse un coche rojo descapotable. Su declaración y la de la signorina Easton coinciden en todo. Dice que el coche iba en dirección Sur, hacia Roma…
– ¿Cómo? -exclamó Rinaldo, incrédulo. Miró a Forselli con rabia contenida-. ¿Estás seguro?
– Completamente. Según él, conducía una mujer, con un hombre a su lado. Vio al hombre agarrar el volante y entonces, el coche empezó a derrapar hasta que los movimientos fueron tan violentos que acabó dando dos vueltas de campana, para acabar mirando en dirección contraria. Nuestro testigo regresó a casa de su amante, llamó a la policía por teléfono y desapareció -le refirió Gino-. Debo reconocer que la historia de la signorina Easton sonaba poco creíble; después de todo, ¿por qué iba a Toni a agarrar así el volante? Eso significaría que…
– No importa -lo interrumpió Rinaldo bruscamente.
– El caso está cerrado -comentó Gino, después de carraspear-. Como tengo entendido que la mujer es, digamos, cercana a tu familia, quería ser el primero en darte la buena noticia.
– Sí -respondió Rinaldo-. Muy buena.
