
Donna estaba muy preocupada por Piero. Sólo él le había dado la bienvenida y, a cambio, ella había sido la causa de su grave estado de salud. Alicia decía que el abuelo se encontraba «tan bien como cabe esperar», pero se negaba a ser más precisa; seguramente, de acuerdo con las indicaciones de Rinaldo.
Tuvo mejor suerte con su enfermera de noche, Bianca, que era bastante habladora y dejó escapar que Piero se encontraba en la planta inmediatamente superior del edificio. Donna ocultó su interés, pero al amanecer, en el vacío del cambio de guardia, subió las escaleras y fue pasillo por pasillo, mirando los nombres que había en cada puerta, con el corazón en un puño. No estaba segura de lo que ocurriría cuando viera a Piero. Sólo sabía que tenía que decirle a aquel amable ancianito lo mucho que lamentaba todo lo sucedido.
Por fin dio con el letrero de Piero Mantini. Las fuerzas estuvieron a punto de abandonarla, pero se armó de valor y empujó la puerta con suavidad.
La habitación estaba casi a oscuras, pero pudo distinguir la silueta de Piero sobre la cama. Estaba tumbado, con los ojos cerrados, y su cara daba muestras evidentes de agotamiento y dolor. Casi se puso a llorar, al recordar la última vez que lo había visto, tan lleno de vida y jovialidad. Ahora parecía que ya no quería seguir viviendo y ella había contribuido a su desaliento.
De pronto, Donna tuvo la impresión de que había hecho algo terrible al colarse en su habitación. ¿Por qué iba a querer verla el abuelo? Se dio media vuelta y casi se chocó con Rinaldo, cuya entrada no había advertido Donna.
– ¿Se puede saber qué haces aquí? -La regañó Rinaldo-. ¿Es que no puedes quedarte quieta en tu habitación?
– Quería decirle lo mucho que lo siento -dijo desesperada.
– ¿Acaso crees que tus lágrimas de cocodrilo servirán para algo?
– Lo que siento por él es auténtico -insistió en voz baja.
– No tienes ni idea de lo que estás diciendo -replicó él-. Sal de aquí antes de que te eche yo.
