
– ¿Era una sugerencia? -Preguntó con sarcasmo-. A mí me ha parecido una orden.
– Bueno, no puedo obligarte a que te cases conmigo, ¿no? -Respondió con suavidad-. Sólo puedo sugerirte y pedirte que recapacites. Cuando estemos casados, tu hijo tendrá un hogar y tú no tendrás problemas de dinero. ¿Por qué ibas a rechazarme?
– ¿Por qué? -repitió escandalizada-. Porque tú has sido mi enemigo desde que me conociste. Porque tú y yo nunca podremos hacer las paces. Porque me produces repulsión.
– Tampoco tú me gustas a mí -se encogió de hombros-. Pero hay que tener sentido del deber. No quiero que el hijo de Toni nazca ilegítimamente, como un bastardo. Estamos en Italia, signorina, y esas cosas tienen su importancia aquí.
– Pero yo no estaré aquí -le recordó.
– Está bien, vamos a dejarlo -suspiró impaciente-. Pero no te des demasiada prisa por marcharte. Tu visita le ha hecho bien a mi abuelo. Puede que si lo visitas más a menudo se recupere. Se lo debes.
– Sí, se lo debo -convino sin dudarlo-. Y me alegra poder hacer algo por él. Piero siempre ha sido muy amable conmigo.
– Bien. Tengo que irme. Volveré más tarde.
Rinaldo se marchó y dejó a Donna con un fuerte dolor de cabeza. Descubrir el verdadero estado de salud de Piero, su cálida reacción al verla, saber que un testigo había enterrado cualquier sospecha que hubiera sobre ella y, finalmente, la descabellada e indecente proposición de Rinaldo la habían dejado demasiado alterada como para pensar con serenidad.
Lo peor de todo era la idea de casarse con su enemigo. Porque ellos dos seguían enemistados. Rinaldo lo había dejado bien claro. Y a ella misma la repugnaba la presencia de aquel indeseable. ¿Cómo iba a casarse con un hombre al que odiaba? Por nada del mundo.
Con todo, no podía dejar de recordar, a pesar de sus esfuerzos por olvidarla, aquella noche en que habían estado juntos, en la fuente, cuando Rinaldo le había dicho que ella jamás sería feliz con Toni. Le había acariciado los labios y había hecho que su sangre hirviera con una sensación desconocida. Le había dicho que ella no era una niña, sino una mujer; que necesitaba a un hombre.
