
Donna se sentó en la cama. Aquella imprevista noticia casi la había hecho perder el equilibrio. Un segundo después, miró a Rinaldo, cuya expresión seguía hostil como siempre. Su sentido del honor lo había obligado a admitir lo que sabía, pero su rechazo hacia ella parecía incorruptible.
– Así que no hay nada que me impida marcharme comentó Donna.
– Hay mil razones que impiden que te marches -la corrigió Rinaldo con vehemencia-. Llevas en tus entrañas al hijo de mi hermano. Supongo que tengo que aceptarlo.
– ¿Porque has descubierto que he dicho la verdad sobre el accidente? -preguntó enfadada-. Eso no tiene que ver.
Pero sí tenía que ver, y los dos lo sabían. Rinaldo se la había imaginado como una mujer perversa y mentirosa y ya no estaba tan seguro de que su juicio fuera acertado. Por su parte, Donna no se sentía triunfante y sólo deseó alejarse de Rinaldo, regresar a su país y ponerse a salvo. Poco antes había soñado con ir a Italia, pero su aciaga experiencia lo había cambiado todo y ya sólo quería escapar.
– Y aunque me alegre de que por fin me creas- prosiguió Donna-, eso no cambia las cosas.
– Por supuesto que las cambia. ¿Acaso piensas que vaya permitir que el bebé de mi hermano nazca de una madre soltera?
– Toni está muerto. No puedo casarme con él.
– Evidentemente -dijo con frialdad-. Tienes que casarte conmigo.
– Si es una broma -comentó Donna, indignada-, es de un gusto pésimo.
– A mí no me gustan las bromas -aseguró.
– Entonces es que estás loco.
– Nunca he estado más cuerdo. Es la única solución posible.
– ¡De eso nada! Ya te he dicho que me vuelvo a Inglaterra.
– ¿En tu estado? -Preguntó Rinaldo-. ¿Cómo pretendes viajar así?
– Ahora no; me iré dentro de unos días.
– Muy bien. Dentro de unos días val veremos a discutir esta cuestión. Te aconsejo que consideres mi sugerencia muy seriamente.
