
Ellie escuchaba, pero su atención estaba puesta en Jack. La desolación de este era tal que se moría por consolarlo, pero no podía decir ni hacer nada que sirviera de ayuda.
– Ahora estoy en casa -dijo Jack-. Gray y Clare tienen que vivir su vida y yo tengo que cuidar a mi hija -miró a Ellie con gravedad-. De no ser por Lizzy, no sé qué habría hecho cuando se fue Clare.
– Habrías aprendido a cambiar pañales más rápidamente de lo que lo has hecho -contestó Lizzy-. Y hablando de cambiar pañales…
Miró el intercomunicador, los balbuceos de Alice se habían convertido en un quejido imperioso. Jack se levantó con una sonrisa triste.
– En cualquier caso, estoy aprendiendo mucho -miró a Ellie-. ¿Quieres conocer a mi hija?
Ellie se oyó decir que le gustaría y, sin saber bien cómo, consiguió levantarse. Para sorpresa suya, las piernas se mantuvieron firmes mientras seguía a Jack por el pasillo.
El abrió la puerta y, al verlo, un bebé con mechones rubios y un par de descarados ojos marrones exactamente iguales que los de su padre, estalló en una radiante sonrisa. Se había puesto de pie y se agarraba a los barrotes de la cuna; sus piernecitas rechonchas se tambaleaban mientras ella luchaba valientemente por mantenerse erguida.
– ¡Papá! -gritó.
Jack la sacó de la cuna, sus grandes manos la sujetaban firmemente en el aire, sonrió tiernamente y le dio un beso, pero Ellie sintió un profundo dolor. Ya no había duda sobre quién ocupaba el primer lugar en el corazón de Jack.
– Esta es Alice -dijo él con orgullo mientras olía los pañales-. Pero será mejor que la adecente un poco antes de presentártela como Dios manda.
Ellie colocó en su sitio una vieja caja de juguetes mientras observaba cómo él ponía a Alice sobre una mesa y le desabrochaba el pijama. Era evidente que todo lo relacionado con el cuidado de un bebé le resultaba nuevo, pero la ternura y el cuidado que puso al cambiar los pañales a su hija resultaban más conmovedores en alguien tan poco hábil.
