
Su comprensión hizo que Jack la mirara con curiosidad. Le había resultado de gran ayuda su compañía. Pedirle que fuera había sido un capricho, pero se quedó sorprendido por lo mucho que le agradó que aceptara.
Siempre le había gustado Ellie. Gray y él habían crecido con Lizzy y Kevin. Ellie era mucho más joven, una niña callada eclipsada por sus exuberantes hermanos y a la que solo se le consentía que los siguiera. Lizzy y Kevin se quejaban por tener que cuidar de ella, pero Gray y él no tenían una hermana pequeña y encontraban muy halagüeña la indisimulada adoración de Ellie, aunque en esa época habrían preferido morir antes que reconocerlo.
Se encontró observando el perfil de Ellie mientras esta miraba los patios desolados, pensando en sus cosas, y se preguntó por qué habría tenido que sumergirse en el trabajo. Por primera vez pensó en lo poco que sabía realmente de ella. Ellie siempre escuchaba, no hablaba. Incluso de niña se podía contar con ella para confiarle penas, planes o éxitos, pero Ellie nunca había contado los suyos. «También es verdad que nunca se los pregunté», pensó Jack.
De repente se dio cuenta de que Ellie había vuelto la cabeza y de que lo estaba mirando con ojos inquisitivos.
– Perdona -dijo apuradamente-, ¿qué me has preguntado?
– Te he preguntado qué piensas tú de Waverley.
– Creo que debo ver un poco más antes de hacerme una idea -dijo Jack sin pensarlo. ¿Nos vamos de exploración?, he visto unas sillas en un establo y esos caballos parecen dispuestos a cabalgar un rato.
Se levantó, se sacudió el polvo de los vaqueros y se puso en marcha con grandes zancadas hacia el prado, donde unos caballos pastaban a la sombra y espantaban las moscas con la cola. Ellie lo siguió dócilmente, como había hecho tantas veces en el pasado.
– ¿Crees que debemos? -preguntó dubitativamente cuando alcanzó a Jack en la valla.
– ¿Por qué no? -y dio un penetrante silbido que hizo que los caballos levantaran la cabeza.
