Mientras Jack estaba concentrado en la productividad, las cosechas y las hectáreas, Ellie aspiraba el olor a hojas secas y calor y se dejaba llevar por el placer de estar junto a él. La noche anterior, en la cama en la que había dormido desde niña, se había hecho una serie de reflexiones. Ya era hora de dejar de soñar. Jack estaba apenado por Pippa, y bastante tenía con tener que adaptarse a la paternidad. No estaba preparado para volver a pensar en el amor y cabía la posibilidad de que nunca lo volviera a estar.

No podía evitar amarlo, pero sí podía evitar soñar que alguna vez sería algo más que una amiga y, en ese instante, cabalgando a su lado, la amistad era más que suficiente. Se encontraba despierta y animada, como no lo había estado desde hacía tres largos años. Podía percibir la fragancia de los eucaliptos mezclada con el olor a polvo y a cuero en sus manos. Podía escuchar el ruido metálico de las bridas y los periquitos alborotando en las copas de los árboles. Pero, sobre todo, podía ver a Jack, su perfil recortado con una claridad estremecedora contra los árboles, como si solo en ese momento se hubiese permitido a sí misma creer que él estaba ahí realmente y sus sentidos captaran con nitidez hasta los detalles más nimios: sus dedos alrededor de las riendas, el reflejo del vello de sus brazos, la sombra sesgada producida por el ala de su sombrero. Jack se volvió y vio la sonrisa de Ellie.

– Pareces contenta -comentó.

– Estoy contenta de volver a estar en casa -dijo mirando a otra parte temerosa de que la expresión de sus ojos la traicionara-. He echado mucho de menos todo esto mientras estaba fuera -confesó con una tímida sonrisa-, a veces cerraba los ojos y soñaba con estar en casa, pero siempre que los abría estaba en otro sitio y quería llorar.

Ellie se calló, consciente de que había hablado más de la cuenta, pero no parecía que Jack se hubiese dado cuenta de que él siempre estaba en sus sueños. Cuando lo miró, vio que él la estaba observando con el ceño fruncido.



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