– ¡Ellie! -Lizzy estaba encantada de verla, sin sentimiento de culpa ni recelosa, como Ellie había temido-. No te puedes imaginar cuánto me apetecía tener a alguien con quien cotillear. Es tan aburrido no hablar con nadie en todo el día… -confesó una vez superada la emoción de encontrarse después de tres años.

Eso le dio a Ellie la excusa que necesitaba. Se sentaron en la vieja mesa de la cocina.

– Lizzy, ¿qué haces aquí? Mamá me dijo que rompiste tu compromiso y que te viniste con Gray ¿Qué demonios está pasando?

– Vaya, puedes estar segura de que mamá lo ha entendido todo al revés. He roto mí compromiso, pero, desde luego, ¡no me he venido con Gray! Hace tiempo que sabemos que no estamos hechos el uno para el otro. Solo me ocupo de las cosas hasta que vuelva Clare.

– ¿Clare?, ¿quién es Clare?

– La mujer de Gray, ¿no te habló mamá de la boda?

Ellie negó con la cabeza sin entender nada.

– ¿Te importaría empezar por el principio?

– Es muy sencillo -Lizzy puso agua hirviendo en la tetera y la dejó sobre la mesa-. Hace un par de meses Gray se casó con una chica inglesa que se llama Clare. Ojalá hubieses estado, Ellie. Fue una boda preciosa -suspiró con nostalgia mientras se sentaba-, ahora están en Inglaterra, pasando una merecida luna de miel. Además, yo no tenía nada que hacer y me vino muy bien dejar Perth una temporada para echar una mano aquí. Pero me iré pitando a casa en cuanto vuelvan, ¡así que puedes decirle a mamá que deje de preocuparse! -aclaró mientras servía el té en dos tazas.

Ellie tomó la taza que su hermana le acercó.

– ¿Gray no está aquí? -dijo como si acabara de comprender lo que había contado Lizzy-. ¿Quieres decir que estás sola?



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