
– Ah, no -dijo Lizzy como si tal cosa-. Jack sí está.
El corazón le dio un vuelco, como ocurría siempre que se mencionaba el nombre de Jack, y Ellie dejó la taza con mano temblorosa.
– ¿Jack? -dijo, consciente del tono elevado y tenso de su voz. ¿Por qué el mero nombre de Jack impedía que respirara normalmente? Se aclaró la garganta-. Creía que mamá me había dicho que estaba fuera.
– Lo estaba. Pasó una temporada en Estados Unidos y Sudamérica, pero volvió hace un mes. Me sorprende que mamá no lo sepa.
Ellie no contestó. Miraba por la ventana, con sus ojos verdes perdidos en el infinito. Más allá del porche, los enormes y fantasmales sauces se recortaban con toda nitidez contra el cielo azul, pero Ellie no los veía. El rostro de Jack se apareció ante sus ojos y, de repente, fue consciente de la silla de madera sobre la que se sentaba, del color de la taza, del olor a té y de los latidos de su corazón.
Jack. Todo cobraba vida al saber que él estaba cerca.
– ¿Qué tal… qué tal está? -preguntó, intentando por todos los medios parecer indiferente.
– Bien… -Lizzy dudó, pero el sonido de unos pasos en el exterior tranquilizaron su rostro-. Lo podrás comprobar tú misma. Creo que ahí viene.
La puerta que daba al porche se cerró con estrépito y Ellie, sin saber muy bien lo que hacía, se levantó, agarrándose al respaldo de la silla para no caerse.
Jack entró en la cocina mientras sacudía el polvo de su sombrero.
– Lizzy, has… -se calló de golpe al darse cuenta de que Lizzy estaba acompañada y miró con curiosidad.
Una y otra vez Ellie rezaba para que la magia hubiese desaparecido, y una y otra vez pasaba lo mismo. Bastaba con que Jack entrase en la habitación para que ella se quedara sin respiración y mareada, y consciente de cómo la sangre fluía alegremente por sus venas.
Una y otra vez rezaba para que él fuese menos atractivo de lo que ella recordaba, pero nunca lo era. Estaba casi exactamente igual. El mismo cuerpo largo y estilizado; el mismo pelo rubio oscuro; los mismos ojos marrones y sonrientes. La misma mirada desconcertada mientras intentaba adivinar por qué ella le resultaba vagamente conocida.
