
– El sitio apropiado para Alice es donde tú estés, Jack -le dijo, deseando que se pudiese decir lo mismo de ella.
– ¿Incluso si eso significa crecer sola?
Ellie miraba un dibujo que estaba haciendo en el suelo con la bota.
– Podrías encontrar a otra persona. Podrías tener más hijos…
– No quiero encontrar a nadie -la voz de Jack sonaba inexpresiva y rotunda-. Lo que vivimos Pippa y yo fue especial. ¿Cómo iba a volver a encontrar un amor como ese?
– A lo mejor encuentras un amor diferente -dijo Ellie sin levantar la mirada y notó el respingo de Jack ante la idea.
– Para ti es fácil decirlo -dijo secamente-, tú nunca has estado enamorada.
– Sí lo he estado.
Jack se sorprendió y la miró con curiosidad. Le pareció que tenía un tono amargo. ¿No era demasiado joven para hablar así? Calculó que tendría unos veinticinco años. Más que suficientes como para saber lo que son las decepciones y el sufrimiento por amor. A Jack le resultaba extraño imaginarse a Ellie enamorada. Siempre le había parecido como un muchacho.
Se lo parecía todavía. Se acordó de su aspecto cuando la recogió esa mañana. Lo esperaba en la pista de aterrizaje, sentada en el capó de una vieja furgoneta, atractiva y práctica: con unos vaqueros y una camisa vieja. Sin bolso, ni gafas de sol, ni carmín. Un sombrero y lista. La buena de Ellie, siempre igual.
La miró con cariño, pero ella no prestaba atención; se encontró observando divertido su distante rostro, pero la diversión se convirtió en desconcierto.
¿Siempre había tenido una piel tan suave y dorada?, ¿desde cuándo tenía unas facciones tan delicadas? Jack sintió una inquietud extraña. Era como encontrarse con alguien conocido y descubrir, al cabo de un rato, que era un completo extraño. Era Ellie, que esa misma mañana había saltado de la furgoneta para recibirlo, pero, de repente, ya no parecía como un muchacho. Los ojos de Jack se posaron en su boca. Realmente no lo parecía.
