
Jack meneó la cabeza.
– Te mereces más que eso. Dijiste que querías estabilidad y puedo dártela. Si fueses mi mujer, serías propietaria de la mitad de Waverley; y si quisieras irte, tendría que comprarte tu parte. No tendrías que volver a preocuparte por el dinero.
Ellie se puso tensa.
– No me refería a estabilidad económica. Solo quiero un sitio donde me pueda quedar. No necesito que me des nada.
– Me parece que no te das cuenta de lo que significaría para mí tenerte aquí -dijo con aire burlón-. Está muy bien hablar de aceptar la ayuda de los demás, pero cuanto más lo pienso, más difícil me parece vivir aquí sin ti. ¡Lo mínimo que te mereces es una participación en la explotación! Además, ¡piensa en todos los sueldos de cocinera, ama de llaves y niñera que me ahorro!
Ellie no sonrió.
– Preferiría que no lo hicieses. Me incomoda solo pensarlo.
– Pues no lo pienses. Basta con que sepas que lo tienes y será mejor que te vayas haciendo a la idea, porque es una de mis condiciones. Si no lo aceptas, no me caso -su voz tenía un tono de rotundidad que calló a Ellie; ella lo miró desconcertada. No soportaba la idea de beneficiarse del matrimonio cuando lo único que quería era estar junto a él, pero su obstinación la exasperaba y le costaba hacer exactamente lo que él decía-. No seas tan orgullosa -dijo Jack como si le hubiese leído el pensamiento-. No te estoy comprando.
– Es lo que parece -contestó con cierta amargura.
– Ellie, sé juiciosa -dijo él más amablemente-. Si nos casásemos en circunstancias normales, no dudarías compartir todas mis posesiones materiales, ¿verdad?
Ellie se mantuvo inexpresiva.
– Pero no son circunstancias normales, ¿o sí lo son?
– No. Creo que deberíamos plantear nuestro matrimonio como una sociedad. No vamos a ser un marido y una mujer normales, pero podemos ser socios; y para serlo tenemos que tener participaciones iguales.
