
Alice y yo, Ellie lo captó con tristeza. Nadie más.
– Entiendo.
Jack percibió cierta desaprobación en su comentario.
– Naturalmente, no pienso traer a Alice hasta que todo esté en condiciones -dijo para tranquilizarla-, pero espero que sea pronto. Gracias a todo el trabajo que has hecho.
Ellie esbozó una sonrisa.
– Me alegro de haber servido para algo.
– Puedes estar segura, nunca habría sido capaz de hacerlo solo -miró sus tierras con satisfacción-. Dentro de una semana, más o menos, este será mi hogar -miró a Ellie con una sonrisa franca e infantil-, lo estoy deseando.
Ella seguía mirando el camino polvoriento que se perdía a lo lejos.
– Así que te vienes a Waverley. ¿Qué pasará entonces, Jack?
– Mucho más trabajo -parecía como si a él le entusiasmara la idea.
– ¿Y Alice?
– Eso es asunto tuyo -se volvió y la miró-. Cuesta creer que solo han pasado dos meses desde que vinimos a Waverley por primera vez. ¿Te acuerdas?
El recuerdo de ese día estaba grabado en su corazón.
– Desde luego -dijo sin mirarlo.
– He pensado mucho sobre la conversación que tuvimos en la poza.
La boca de Ellie estaba seca.
– ¿Y bien?
– Creo que casarme contigo sería maravilloso… para mí -dijo lentamente-. También lo sería para Alice, pero no estoy seguro de si lo sería para ti.
– ¿No tendré que decidir yo eso?
– No quiero que hagas algo de lo que te puedas arrepentir -dijo eligiendo cuidadosamente las palabras y con una sonrisa-. Me vendría muy bien tenerte, me resolverías todos los problemas domésticos, pero yo solo te puedo ofrecer mucho trabajo, tendrías que cuidar un bebé y trabajar en el campo.
– Y la oportunidad de quedarme en mi tierra y trabajar en lo que me gusta. Me parece un trato justo.
