
Lizzy puso una mano sobre el brazo de Jack.
– ¿Quieres que lo explique yo? -dijo amablemente.
– No, no hace falta -Jack esbozó una sonrisa tranquilizadora-. Lo haré yo. Tendré que acostumbrarme a explicar por qué, de repente, tengo una hija -se volvio hacia Ellie y respiró profundamente-. Hace dos años, Pippa, la madre de Alice, vino a Bushman's Creek como cocinera. Era una chica inglesa que estaba de viaje por Australia, pero en cuanto llegó fue como si hubiese estado toda la vida. Me enamoré en cuanto me fijé en ella. Era… -la voz de Jack se quebró ligeramente-, era el tipo de persona que ilumina una habitación en cuanto entra en ella -«como tú», pensó Ellie-. Nunca había conocido a nadie así. De repente me di cuenta de lo que era el amor. A Pippa le pasó lo mismo. Pasamos tres meses maravillosos y entonces…
– Entonces, ¿qué? -Ellie tragó saliva.
– Entonces lo tiramos todo por la borda -Jack sonrió con cansancio-. Tuvimos una de esas discusiones tontas sobre nada en particular y, por algún motivo, se nos fue de las manos. Antes de que supiéramos qué había pasado, Pippa había hecho las maletas y se había ido a Inglaterra, diciendo que no quería volver a verme -suspiró y, aunque miraba a Ellie, estaba claro que veía a la chica que había amado y perdido-. Debería haber impedido que se montara en aquel avión, pero estaba demasiado furioso y demasiado obcecado como para hacerlo -dijo con amargura-. Me dije que Pippa era muy emotiva e impresionable y no podría vivir en el interior del país, y que pronto la olvidaría. El problema fue que no lo conseguí. Me pasé un año echándola de menos y fingiendo que no era así. Intenté todo lo que estaba en mis manos para olvidarla, pero nada funcionó. Allí donde miraba había recuerdos de ella y, al final, pensé que sería más fácil si me marchaba una temporada. Me fui a Estados Unidos y a Sudamérica. Pensaba que allí no encontraría nada que me recordara a Pippa, pero tampoco sirvió. Al final me di por vencido.
