Tener una hija significaba que había encontrado alguien a quien amar y con quien vivir, y ¿por qué iba a hacer tal cosa? Él era Jack el indisciplinado, sin ataduras, siempre con una chica distinta, siempre había disfrutado de la vida demasiado como para dejarse atrapar por la responsabilidad de una mujer y una hija.

«No», quiso gritar. «Dime que no es verdad».

Pero Jack la miraba con una sonrisa forzada.

– A mí también me sorprendió -dijo.

Era el tipo de noticias que Ellie había temido desde que supo que estaba enamorada de Jack. No había podido evitar que él no la amara, pero había soportado amarlo porque sus idilios nunca habían ido en serio, porque estaba claro que Jack no era de los que sentaban la cabeza.

Sin embargo, lo había hecho.

Ellie sintió como si un puño de hierro atenazara su garganta, como si la arrastrara una ola de desesperanza mezclada con furia por su propia estupidez. ¿Cuántas veces se había permitido creer que Jack nunca se comprometería con otra mujer? Tantas horas, tantos años desperdiciados soñando que algún día él la miraría, que se le caería el velo de los ojos y comprendería que ella era la única mujer a la que podría amar de verdad…

¿Cómo pudo haber puesto tantas esperanzas en semejante fantasía? Naturalmente, Jack había acabado encontrando alguien especial. Y, naturalmente, no era ella.

Jack y Lizzy la miraban expectantes. Tenía que decir algo, pero no le salían las palabras.

– Yo… no sabía… que estuvieses… casado, también -consiguió decir por fin.

Su voz sonaba como si viniese de otro mundo.

– No lo estoy -un gesto de tristeza se apoderó del rostro de Jack.

– Entonces… -Ellie, completamente desconcertada, miraba el intercomunicador que seguía emitiendo la incomprensible conversación de un bebé. ¿Habría oído mal después de todo?



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