
Pero sus perritas no se separaban de él. Las dos sabían a qué humano había que evitar y cuál necesitaba atención. Las dos respondían instintivamente al dolor.
Ahora entendía por qué aquel sitio estaba tan oscuro. La luz, sin duda, le haría daño.
Se dijo a sí misma que su pulso latía acelerado por razones obvias: le importaba aquel hombre que estaba sufriendo. Siempre le pasaba igual. No estaba respondiendo porque fuera del género opuesto. De eso no tenía que preocuparse, estaba segura. Y no podía alejarse de un ser humano que estaba sufriendo.
– Salid un momento -le dijo a los dos hermanos-. Dejad que hable a solas con él. Mop, Duster, tranquilas, ¿eh?
Las perritas obedecieron de inmediato, pero los chicos no eran tan fáciles de convencer.
– A lo mejor nos hemos equivocado -empezó a decir Harry-. No podemos dejarte a solas con…
– No pasa nada -insistió ella, empujándolos hacia el pasillo.
Por supuesto, no fue tan fácil. En cuanto cerró la puerta, la casa se quedó en completo silencio y un escalofrío recorrió su espalda al ver el brillo furioso en los ojos de Fox.
Pero Phoebe sólo tenía miedo de una cosa.
Y no era aquélla.
Tenía miedo de los seductores. Pero un alma torturada y malhumorada como Fox Lockwood era pan comido. El pobre no sabía a quién habían llevado sus hermanos a cenar.
Capítulo 2
– Fox, me llamo Phoebe Schneider. Tus hermanos me han pedido que viniera.
Él oyó la voz y vio la sombra, pero era como intentar procesar información a través de una niebla. Le dolía la cabeza si intentaba concentrarse. Y cuando intentaba hablar. Y cada vez que respiraba sentía como si le clavaran cuchillos en los costados.
– Me da igual quien sea. Vete.
Parecía haber un perro… no, dos, sobre sus piernas. Podía sentir sus hocicos mojados, pero no le importaba. Quizá era la sorpresa, el pelo rizado bajo los dedos. Pero entonces la mujer les ordenó que bajaran al suelo y ellos obedecieron de inmediato.
