
La soledad de ese cuarto le tocó el corazón… y sí, también la solitaria figura sentada en el sofá.
Si sus hormonas se hubieran despertado a primera vista, habría salido corriendo. Ésa era la amenaza, claro. Que le gustara un hombre que pudiera volver a hacerle daño… un hombre que pensara lo que no era de su profesión, que la juzgara por las apariencias.
Pero eso no iba a pasar. No con aquel hombre.
Fox era tan seguro que bajó la guardia. No iba a hacerle daño. Y tampoco iba a fijarse en ella.
Una sola mirada y su corazón se llenó de compasión.
Había pensado que Fox Lockwood sería guapo porque sus hermanos lo eran. Pero era más largo que Abraham Lincoln e igual de delgado. Tenía los ojos oscuros, hundidos, un rostro anguloso de mandíbula cuadrada y labios delgados. Los hombros anchos, como sus hermanos, pero los vaqueros le quedaban grandes, como si hubiera adelgazado recientemente.
Sus hermanos tenían una sonrisa encantadora. Sin embargo, en los ojos de Fox había tanto dolor que Phoebe tuvo que contener el aliento.
Sólo tuvo un momento para mirarlo y para darse cuenta de que sus dos bolas de pelo estaban encima de él… antes de que él la viera en la puerta.
– Oso, Alce, sacadla de aquí.
No lo gritó. Su tono no era ni remotamente grosero. Era simplemente frío y cansado. Los dos hermanos salieron de la cocina.
– Tranquilo. Sólo queremos que hables…
Quizá Fox era el más joven de los dos, y el más débil, y sin embargo, parecía el jefe de la familia.
– No sé qué queríais hacer, pero no va a pasar. Fuera de aquí. Dejadme en paz.
¿Quién habría pensado que el flaco y antipático Fox pudiera expresar tanta autoridad?, se preguntó Phoebe.
Pero ésa no era la razón por la que su corazón había empezado a latir como loco.
Él ni siquiera la había mirado. Ni a sus hermanos. Tenía los ojos cansados y la piel cetrina por la falta de sol.
